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martes, 22 de abril de 2008

El lobo estepario...

Terminé de leer por segunda vez, El lobo estepario de Herman Hess. No es que sea mi autor preferido, ni mi libro preferido, ni mucho menos, pero volvió a caer en mis manos, y memorizando en mis recuerdos vagos de adolescencia leyendo a Hess, no logré recordar la esencia de ¿por qué leía a este autor?.

En fin, aún ahora que terminé mi lectura no puedo recordar por que ese autor me atraía... quizás sea por mi atormentada búsqueda adolescente del ¿ por qué? de muchas cosas. Bueno, sigo sin descubrir las respuestas, y ya no soy nada adolescente... Así, que decidí repetir la experiencia...

Hoy las conclusiones son más ambiguas que en el pasado:
¿Podemos ser el conjunto de muchas almas, de nuestra memoria genética? por eso nuestras reacciones pueden ser diferentes en similares circunstancias. ¿O es producto de la experiencia previa, de la madurez que ganamos todos los días?
¿Puede dominar nuestro estado de ánimo, el parecido con un animal... Qué animal dominaría mi vida?
¿Qué haría si encontrara un libro en el cual describiera mi vida, mi personalidad, mi ideología, miedos y ambiciones, si pudiera leerlo, vería cosas que tal vez no veo cuando me autocompadezco?. ¿Y si no me gusta el final del libro?.

Hess hace que me cuestione, supongo era lo que me atraía en un pasado, supongo me sigue preocupando, ¿el para que de mi vida?.

No quiero ser super niña, pero tampoco quiero ser un lobo que deambule por ahí, sola y hambrienta de complicidad en la vida.

No quiero dejar más tiempo viendo bailar a las parejas, divertirse, reír.

No quiero ser más un ser estático. Estoy queriendo volver a ir deprisa, comerme la vida, hacer listados de cosas a hacer, de miedos a vencer.

No quiero ser más la protagonista de un libro que nadie leé.

No quiero volver a leer a Hess.

jueves, 6 de marzo de 2008

JUSTINE.

Al principio le pedía que viniera a mi cama, y ella obedecia de mala gana, fría. Yo estaba lo bastante loco como para poder creer que podía fundir ese hielo, y darle la tranquilidad física sobre la cual suponía que descansaba la paz espiritual.

Palabras de DURELL, en JUSTINE.